el espejo en el techo

El peor enemigo, la Némesis Vengativa de los espejos de techo, en particular los ubicados con específicas intenciones sobre el tálamo, son los amaneceres. La incompatibilidad entre el amanecer y los espejos de techo es tan radical, que al encontrarse inesperadamente ocupando el mismo tiempo y el mismo espacio, nos dejan siempre esperando que alguno de los dos se destruya por completo.

Incluso en el caso de que una persona pueda – no digamos “disfrutar” – pero sí al menos tolerar la presencia de ese espejo fundamental que es la mirada de la otra persona (al menos una persona más, como para que ocupar el lecho espejado tenga sentido), el espejo en el techo no dejará de ser un objeto más bien superfluo. El gusto por la novedad, como con cualquier otra cosa en este mundo, se acaba pronto, y el propietario (o propietaria, sea el minucioso protocolo a voluntad de las señoras feministas) empieza tarde o temprano a descubrir algún inconveniente nunca sospechado. ¿Puede pensarse un suceso más perjudicial que la multiplicación de las miradas?

El problema con los espejos de techo y los amaneceres, es que traen de vuelta las miradas de la mañana siguiente. Y todos sabemos que, salvo en ocasiones muy marcadas por todos los acentos de lo excepcional, la vida está hecha de desilusiones. Esas miradas, ida y vuelta, serán terribles e implacables sin importar cuántas personas amanezcan en la misma cama, ni de qué sexos, ni cuántas o cuán pocas veces sean las mismas. Y mientras proliferan los espejos de techo, es cada vez más difícil encontrar gentes que gusten de contemplarse a los ojos cuando se despiertan.

Las camas con espejos deberían visitarse únicamente durante la embriaguez de la noche, cuando las miradas son otras, y sólo por algunas horas, prestando especial atención a la sabiduría de los vampiros, que no comparten su figura con los espejos y discretamente se evaporan con la luz del sol.

divagaciones sobre la depresión y la moda

            De todo lo que conozco y puedo imaginar, la depresión es una de las cosas que más veces se puso de moda. Esto quiere decir, también, que la depresión es una de las cosas que más veces pasó de moda desde que tengo memoria. Y no sería equivocado afirmar que, en determinadas épocas, la depresión fue una de las modas más elaboradas en relación con otras modas, más o menos sencillas y pasajeras.

Pero, para no ser tediosos, dejemos atrás las grandes elaboraciones históricas de la depresión, como el spleen y la melancolía. La última vez que algo como esto se puso de moda entre nosotros fue alrededor del 2001, o un poco después de aquella catástrofe, cuando hizo falta un grueso pesimismo para contrapesar las caóticas consecuencias del glamour menemista. Tocaban a su fin los años heroicos de Página 12 y de Jorge Lanata, cuando pensar era poner los pies sobre la tierra y someter la evidencia a un criterio realista,  y todos sucumbíamos ante la verdad ineludible de que la vida es una mierda por dónde se la mire. Este crudo sopapo a la conciencia fue, para muchos, un durísimo despertar. Entre otras cosas, habíamos inventado la bipolaridad.

En la brecha mental que abrió ese shock, se hizo espacio para una cantidad de ideas “nuevas”. La palabra nuevas es capciosa, porque la vida –por muy incapaces que nos hayamos vuelto para apreciarlo– es cíclica. Las ideas son nuevas dentro de una serie de tiempo dada, digamos: una generación o dos. Tal vez sea mejor hablar de ideas renovadas. Esto es fácilmente apreciable en el ámbito de la economía, donde los términos y las ideas se encuentran expuestos a una notable histeria del sentido, pasándose de un bando a otro como traidores pertinaces y persistentes, representando primero una cosa y luego su opuesto inmediato.

La cuestión es que la crisis con la que inauguramos nuestro siglo XXI nos permitió pensar muchas cosas de nuevo. Un fracaso tan estrepitoso y simultáneo en todos los frentes de batalla no podía llevarnos a otra parte: desengaño, pesimismo, depresión. Y fue esa depresión la que nos permitió ver la realidad de otra manera. Y al ver la realidad de esa otra manera, con esa mirada desengañada, pesimista y filtrada por la depresión (que no fue otra cosa que la experiencia individual de la crisis colectiva), esa manera nueva se puso de moda. Parecía más seria, más acorde con las circunstancias, parecía más inteligente y mucho mejor predispuesta. Le debemos, a esa nueva forma de ver las cosas, nueve años de gobierno kirchnerista.

Pero el gobierno kirchnerista todavía no terminó y la depresión ya se pasó de moda. Ahora el pesimismo es una mala palabra, la alegría invade nuestros hogares y no queda espacio donde posar una mirada realista. Discutimos estupideces administrativas, como la edad del voto, o estupideces lisas y llanas, como las técnicas de respiración de Sri Sri Teví Larrasha; el vedetismo invade los programas de opinión política y Jorge Rial encarna la conciencia pública.

Se produce el desaliento. Por un momento creímos que empezábamos a tomarnos las cosas en serio, pero no, sólo se trataba de una racha de pesimismo. La depresión no nos dura, comienzan a amortiguarse sus efectos, y en cuanto nos distraemos un poco las histerias de la moda se prenden de esas distracciones, y volvemos a caer en la dispersión y el entretenimiento.

Tal vez, el detonante haya sido la deserción del periodista opositor más influyente de los noventas. No hay cambio de opinión más notable desde Leopoldo Lugones, no digo por la calidad de los personajes, sino por sus efectos en la opinión pública. Que Jorge Lanata se haya convertido en mercenario de Herrera de Noble me recuerda el aforismo de Nietszche sobre los abismos. No podemos sostener una pelea prolongada con ningún enemigo sin “contagiarnos” sus vicios y costumbres. Tampoco podemos negar que semejante fluctuación de carácter hubiera cuajado perfectamente con el pragmático “estilo Menem”.

En un principio, esta inesperada contratación de Clarín parecía incapaz de producir otro efecto que la inmediata desacreditación moral e intelectual del contratado, pero no fue así. Lo que sucedió, precisamente porque sucedió en el momento en que la depresión pasaba de moda, fue otra cosa: el público dejó de prestar atención. No se trató de un contrato con propósitos periodísticos sino circenses, y en este terreno resultó muy fructífero. La ruta por la que viajábamos atravesó entonces una gran arcada con un cartel: “Welcome to the Entertainment Age”. Y el gran debate sobre la ley nacional de medios, telón de fondo de este fenómeno, sólo sirvió para reorganizar la oferta de espectáculos, no ya para un público pesimista y despierto, sino para el televidente ávido de distracciones y un poco amodorrado.

Evidentemente, no estamos hechos para sostener esfuerzos intelectuales prolongados. La ligera corriente de la moda es suficiente para hacernos cambiar de rumbo, de ideas, de propósitos. Sucumbimos a la televisión, a internet, al cine pochoclero, a la espiritualidad de Claudio María Domínguez, al humor de Coco Sily. Pagamos fortunas por un Montgomery, el horror encarnado, y salimos tan horondos por las calles a compartir el mundo con los infinitos e idénticos montgomerys que circularon este último invierno. Es hora de decirlo: donde el montgomery se pone de moda la moral del hombre está perdida. No tenemos remedio…

Pareciera que la suerte está echada. Nos vemos en el próximo menemato.

Etiquetado , , , , , , , , , , , , ,

La concha de las pantallas

pantalla.

1. f. Lámina que se sujeta delante o alrededor de la luz artificial, para que no moleste a los ojos o para dirigirla hacia donde se quiera.

6. f. Persona o cosa que, puesta delante de otra, la oculta o le hace sombra.

7. f. Persona que, a sabiendas o sin conocerlo, llama hacia sí la atención en tanto que otra hace o logra secretamente una cosa.

10. f. El Salv. Apariencia falsa que da alguien que quiere impresionar.

~ electrónica.

1. f. Superficie en la que aparecen imágenes en ciertos aparatos electrónicos.

pequeña ~.

2. f. Aparato de televisión.

(RAE)

Es notable, a estas alturas, que el mundo hipertrófico de lo políticamente correcto en el que vivimos todavía no haya incluido a las pantallas en la lista de adicciones peligrosas a las que se ven expuestos los millones de desprevenidos imbéciles que lo habitan. Y mientras se insiste con exorcizar al demonio encarnado en ciertos productos de la naturaleza, nadie ha dado aún la señal de alarma con respecto al paraíso lotófago al que nos invita la tecnología. Sospechamos que entre ese mundo políticamente correcto y las tan difundidas pantallas haya alguna especie de connivencia.

Ya vendrán los idiotas a tocar el timbre para decir que las pantallas y las nuevas tecnologías permiten a un cirujano, desde París, intervenirle la próstata a un astronauta en Venus. De acuerdo, no nos referimos a eso. Hablamos de esta nueva vida cotidiana llena de pantallas de todos los tamaños, desde los grandes cartelones publicitarios en las avenidas, hasta las microscópicas webcams que nos permiten incorporarlo todo a cualquier pantalla, en vivo, transmitiendo para el universo que se acabó el papel higiénico.

No es momento de explicar el impacto cultural que provocaron los celulares, esos aparatitos que, una vez en contacto con internet, revolucionaron para siempre la dinámica social. Tampoco interesa ahondar en un tema sobre el cual abunda la bibliografía. Quizás convenga recomendarle al lector un artículo de León Rozitchner, El espectáculo como cultura, donde pueden leerse los siguientes comentarios al respecto: “”El espectáculo como cultura pasiviza el cuerpo atravesado por el sordo horror de lo que mira, reprime el dolor y lo convierte en cómplice inmóvil, al mismo tiempo que marca el límite estricto de lo que debe ser eludido. Aplana la vida porque el imaginario ha sido llenado, sin defensa, con todos los horrores del mundo. Tener que renovar cotidianamente la mirada para no precipitarse en el abismo: no detenerse a pensar en lo que se ha visto. No es la cultura de un espectáculo, sino la del espectáculo continuo”; y también: “Todos somos prisioneros encerrados, condenados a la soledad de una prisión voluntaria, donde nos desterramos por horas para, a solas, habitar otro mundo”.

Dediquemos, en cambio, un minuto de nuestra atención al romanticismo europeo, aquel revolucionario movimiento cultural con asiento en la pintura, en la música y en la literatura, que cambió el mundo en los siglos XVIII y XIX. A aquel romanticismo, maraña informe de ideas y tendencias a veces incoherentes, en ocasiones incluso contradictorias, le debemos dos cosas, a saber: 1. el hallazgo de la dimensión psicológica de la vida cotidiana tal como la conocemos hoy, y 2. el uso de esa dimensión como medio de ajustar la capacidad de tolerancia del individuo a su entorno. ¿Cómo sucedió esto? sería una cosa larga de explicar que nos remontaría al Renacimiento, al cisma de la Iglesia, a la introducción de los números árabes (es mejor decir Indios) en Europa y al nacimiento de una nueva clase social, la burguesía. Pero tal vez podamos entender mejor sus consecuencias si nos detenemos en un momento clave, y nos atenemos a un hombre, uno que conocía de primerísima mano el problema de las adicciones, el Dr. Sigmund Freud.

Imaginemos al burgués del siglo XIX en algún café Vienés, intentando explicarle a un amigo los inefables síntomas de su depresión. Este hombre lo tiene todo, pero algo incomprensible lo molesta, no le encuentra sabor a nada de lo que tiene, lo agobia la apatía, la frustración, el cansancio. “Andá a verlo al Dr. Freud” recomendará, acertadamente, su amigo.

Y el Dr. Freud, como dice Ricardo Piglia en uno de sus artículos (uno que vale la pena leer, digamos, para variar) se ocupará, entonces, de aprovechar aquella dimensión psicológica que descubrieran los románticos, para sentar ahí las bases de su ciencia y darle un nuevo sentido a la vida del buen y apesadumbrado burgués. Este hombre embargado por el encierro urbano, sometido a presiones nunca vistas en el mundo del trabajo (se presenta por sí misma la imagen de la rata en el laboratorio), extenuado por los compromisos familiares, abúlico y disperso, este sujeto apartado de su propia naturaleza por efecto de la civilización, cuya vida pacífica y gregaria carece por completo de pasión, de aventuras, de vértigo, este hombre encontrará en el inconsciente, esa cosa que todos teníamos sin saberlo, un nuevo horizonte para su vida burguesa, una dimensión épica y vital pródiga en nuevos mitos, o mitos renovados, remasterizados al uso, con sus Edipos y Electras y sus destinos trágicos y fatales. Toda la vida del buen burgués encontrará su traducción en este nuevo código, en este nuevo procedimiento de comprensión y análisis de la realidad, y así la pasión, el vértigo y las aventuras (bajo nuevas formas, más adecuadas) volverán a encontrarse a la vuelta de la esquina.

Ya les sucedió a los románticos. Cuando dedicaron todas sus energías a construir el nuevo mundo de los sentimientos, en el cual no dejaron de hallar grandes recompensas (una nueva sensibilidad, un nuevo código moral, unos nuevos parámetros de nobleza) debieron sacrificar un amplio espectro de relaciones con la realidad concreta, presente y tangible, un terreno que correspondía a sus opositores más conservadores. Sólo alcanzaron sus nuevos espacios al precio de ceder otros, perdiendo los románticos (filósofos, escritores, músicos, pintores y artistas en general) toda influencia sobre la vida práctica, sobre la política, sobre el mundo del dinero, etc. Les sucedió también a los burgueses cuando desertaron del bando revolucionario y debieron enfrentar las consecuencias de largos procesos históricos, ellos también retrocedieron desde el ámbito de la realidad, en este caso acompañados por grandes cambios demográficos, hacia ese nuevo “espacio” que llamamos psicología. La dimensión psicológica de la vida aparece como resultado de un desplazamiento por falta de lugar concreto para ocupar, un refugio al que se escapa cuando la realidad no da cuartel. Como los románticos, huyendo hacia lo exótico y hacia el pasado a caballo de una buena biblioteca. Parafraseando a Bukowski: el mundo de la psiquis surge cuando la realidad se desvanece, o se nos niega.

La vida que vivimos en las pantallas, que se desarrolla paralela a la vida real y concreta, tiene toda la apariencia de ser una nueva dimensión entre nuestras realidades, como lo fue antes la aparición de una dimensión psicológica, tal vez íntimamente vinculada a ella. Una nueva dimensión que viene a ocupar el lugar que por otro lado estamos cediendo, porque así lo requiere el proceso.

Ignoro, o prefiero no pensarlo ahora, qué espacios estamos cediendo. No importa. El fenómeno es irreversible.

Etiquetado , , , , , , , , ,

La concha del Optimismo

“Lo mejor, para todos los hombres y mujeres, es no nacer; y lo segundo después de esto —la primera cosa que pueden conseguir los hombres— es, una vez nacidos, morir tan rápido como se pueda.”
(Plutarco, Consolatio ad Apollonium)

La protagonista de esta historia es una hermosísima joven de blusa y minifalda que camina por la vereda, una tarde de sol, hacia aquel bar de la esquina en el que la esperan sus amigas, cinco o seis chicas preciosas y charlatanas. Las calles, las plazas, los balcones, por todos lados y hasta donde alcanza la vista, estamos rodeados de gente feliz. En primer plano: ruidosa multitud de niños y parejas de ciclistas sonrientes.

Una mirada atenta obligará al observador a preguntarse de inmediato por qué, en una tarde de sol como aquella, nuestra protagonista lleva en la mano un ligero paraguas. La respuesta es muy sencilla: el paraguas es un símbolo, porque esta mujer, inteligente y previsora, es una mujer optimista. Todo va a estar bien, lo sabemos de inmediato, y el paraguas, de color rojo intenso, es el símbolo de ese optimismo.

Un momento después descubrimos otro llamativo objeto de color rojo. Se trata de una toma de agua que, imprevista, estalla en una alta catarata invertida, coronada de arcoíris y súbitamente rodeada de niños. Esta toma de agua se encuentra en el cordón de la vereda, junto a las mesas donde el grupo de mujeres preciosas y charlatanas espera a la protagonista, y todas quedan expuestas a la generosa lluvia. La joven del paraguas se acerca, como todos esperábamos, con su paraguas abierto, inmaculada. Las amigas expresan su infinito pesar con el correspondiente gesto de infinito pesar, mientras la protagonista nos prodiga su generosa sonrisa. El grupo de muchachos alegres que casualmente dobla la esquina en ese momento, bendice a la chica del paraguas con la correspondiente andanada de miradas aprobadoras y piropos.

El observador, entonces, quizás advierta que se encuentra inmerso en un aviso publicitario, una de esas excrecencias del cine que, en este caso, aspira a venderle tampones.

El optimismo ya no es aquella vieja apuesta de Leibnitz en favor del mejor mundo posible, discutida un poco más tarde, con acidez y humor, en el Cándido de Voltaire. Si esto fuera así, no deberíamos tomarnos el optimismo tan a la ligera, teniendo en cuenta que su inventor, entre otras cosas, también benefició al mundo con la creación del sistema binario, el mismo que hoy nos permite disfrutar de este fantástico universo digital que tanta alegría y beneplácito trae cada día a la agradecida humanidad.

Incluso el mismo Leibnitz, cuando aseguraba que vivimos en el mejor mundo posible, era consciente de la diferencia entre una posibilidad concreta y cualquier ideal que fuera capaz de formular la imaginación. Tal vez la trilladísima frase “es lo que hay” sea la mejor manera de definir el optimismo que nos propone el filósofo.

Pero el optimismo de hoy es un optimismo resignado y mezquino, cuya máxima aspiración no es otra que la venta de tampones y demás productos similares. En el marco de este nuevo optimismo, se produce la mutación del viejo y nunca bien ponderado sentido común en un triste manual de lugares comunes para el perfecto idiota, que podríamos resumir en la siguiente sentencia: “todo va a estar bien”. El ser humano convertido en espectador aprende que “todo va a estar bien” si es capaz de cambiar su viejo cepillo de dientes por el nuevo modelo con limpiador de lengua, si se muestra tenaz en la limpieza de los más extravagantes rincones de la casa con su jabón antiséptico, si dedica el tiempo necesario para alcanzar la maestría en el manejo de una asombrosa peladora de rodillas eléctrica, etc.

Se trata de un optimismo de corto plazo que, debido a sus propias condiciones de existencia, no tiene más remedio que negar la realidad. Prefiere no pensar en lo que va a pasar mañana o, en el mejor de los casos, sólo puede pensar que el futuro es un país habitado exclusivamente por nuevos modelos de tampones y cepillos de dientes.  El espectador desprevenido, entrenado lenta pero constantemente en estas filosofías, adquiere el hábito de la apatía, de la inactividad, de la aceptación pasiva, de la creencia en los milagros que, ya no místicos, ahora son publicitarios. Alcanza con ver la insistencia que se pone en las virtudes de hacerlo todo en casa, sin salir, sin moverse, sin exponerse a los avatares del contacto con el mundo. Alcanza con ver el fervor religioso que ponen en juego los vendedores de tampones.

Mientras tanto, el mundo en el que vivimos, la sociedad que nos inventamos, funciona como una gigantesca conspiración para que todo salga drásticamente mal y para que nada deje de empeorar vertiginosamente. Quien se toma esto con una “sonrisa de optimismo” no sólo es un imbécil: es el principal culpable y promotor del error que subyace a todas las cosas. Enfrentar el mundo bajo la directriz irracional de que todo va a estar bien causa un inmediato efecto apaciguante, nos permite bajar alegremente los brazos y dedicarnos a esperar la bienaventuranza.

Será siempre preferible la advertencia de Murphy en sus famosas leyes: “No importa la dirección que se tome, siempre será cuesta arriba y contra el viento”. El mundo que nos rodea no es lugar para optimistas, es un campo de batalla, y deberíamos entrar en él conscientes del enorme esfuerzo de resistencia que implica mantenerse del lado del sentido común, sin caer rendidos en el territorio de los lugares comunes.

Etiquetado , ,